Según este modelo (Selvini Palazzoli y otros, 1975) la familia es un sistema abierto, gobernado por una serie de normas y capaz de adaptarse a cambios internos y externos. Los comportamientos de cada uno de sus miembros se influencian recíprocamente y crean subsistemas de relaciones interconectados. En base a este enfoque, los cónyuges heredan, desde las familias de origen, sistemas de creencias (actitudes, expectativas, prejuicios, etc.) que constituirán la estructura de la nueva familia y las normas del sistema.

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En algunos momentos los cambios, internos y externos, pueden inducir que estas mismas creencias no correspondan con las necesidades actuales de la familia o de uno de sus miembros. Si la familia no logra modificarse y se bloquea en una situación de estancamiento entonces se presenta el síntoma. Una de las tareas del terapeuta es facilitar la comprensión de los síntomas y el sentido de los “juegos” relacionales destructivos que los conservan.

A causa de la trasmisión intergeneracional de los problemas, según el autor Bowen (1979) se considera necesario evaluar las relaciones familiares de por lo menos tres generaciones y propone una técnica diagnostica y terapéutica, también muy utilizada en los tratamientos individuales: el genograma.

A partir de esta perspectiva se han delineado algunos modelos de estructuras familiares más funcionales, caracterizadas por una distribución de roles más clara y subsistemas con límites ni demasiados rígidos ni demasiados flexibles. También se ha investigado como la familia desarrolla el propio ciclo vital y enfrenta las normales crisis evolutivas y los acontecimientos estresantes imprevisibles: muertes, separaciones, etc. Asimismo se ha tomado en cuenta como los vínculos con las familias de origen influyen en el desarrollo de la personalidad y la autonomía de cada individuo.

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